
Hoy he leido este artículo en
la Vanguardia, creo que es una bocanada de entusiasmo que rompe con el pesimismo reinante y en la cual me he sentido muy identificado, por eso quería compartirla con todos vosotros. Es un regalo de lecura para este 2009,
Buen Provecho
Entusiasmo
Tiene nombre de reptil, es un coche rápido, ligero y pequeño, como lo es su mentor: un hombre capaz de cumplir sus sueños, ¿hay algo más admirable? Abandonó un seguro trabajo en Londres y convenció a Breno Oliveira (ex jefe de dinámica de Prodrive Automotive) para emprender una insólita aventura en Reus. Con 25.000 euros crearon IFR Automotive, hoy líder de diseño y cuyo modelo de negocio recuerda a aquellos que en los años treinta y cuarenta nacieron también de hombres apasionados como Tucker, sobre el que Coppola realizó una película. El Aspid es un coche casi a medida cuya venta es personalizada y que ha conseguido estar en el top ten del salón de Londres.
Ignacio Fernández, ingeniero mecánico de coches de competición; director de IFR"Hemos compartido un sueño, y eso es muy poderoso"IMA SANCHÍS - 10/01/2009
Tengo 36 años. Nací en Madrid y vivo en Cambrils. Vivo con Ana y tenemos 3 hijos, de entre 5 y 8 años. Estoy licenciado en Ingeniería Industrial y me especialicé en diseño de vehículos de competición. En política, lo urgente es la unidad. Creo en la fuerza de las personas
De niño, cuando iba con mi padre a recoger su coche D al taller y veía los motores desmontados, todas aquellas piezas, pensaba en lo inteligentes que eran los mecánicos y soñaba con convertirme en uno de ellos.
Pues ha superado su sueño.
Con mi hermano mayor, cuando acabé COU, decidimos montar un taller de motos; él iba a cubrir el lado empresarial y yo el técnico, pero justo en ese momento se mató en un accidente, con la moto.
...
Estuve seis meses paralizado, pese a que siempre he entendido que todo empieza y termina y que esas son las reglas del juego. Al cabo de un año puse un taller propio de coches, dedicado en parte a la competición.
... Pero no tuvo bastante.
No, quería saber cómo se diseñaba un vehículo, así que me fui a Londres a trabajar de mecánico y cuando ya supe inglés pude ir a la universidad. Cuando acabé la carrera, tuve la suerte de que me contrataron en la consultora Prodrive.
La empresa que recientemente ha comprado Aston Martin.
Trabajaba en el departamento de sistemas de control y pude participar en proyectos de competición y de proyección de coches como el Cadillac 100 o el Rover de Suzuki.
¿Tampoco fue suficiente?
Tuve la oportunidad de trabajar como ingeniero de carrera para el piloto británico Allister McRae y pude desarrollar el Step 2 de Mitsubishi para el Campeonato del Mundo de rallies.
¿Ahora sí?
Fue interesantísimo, pero aquello no se parecía a mi sueño.
¡Pero si es lo que quería!
... Y fue así como me di cuenta de las fuertes restricciones que hay en el sector automovilístico para desarrollar I+ D, innovación que sea útil para los ciudadanos.
¿Cuál es el problema?
Un coche es probablemente el mecanismo más complejo con el que tenemos contacto. Cuando se trata de vender cuatro millones de coches, los fabricantes no pueden arriesgarse a que algo no funcione; por ejemplo, cuando se empezó a implementar el airbag, los fabricantes pagaron multas astronómicas porque estallaba cuando no debía por cuestiones de cambio de temperatura, humedad…
Entiendo.
Es casi imposible garantizar que algo va a funcionar en cualquier circunstancia, y eso frena el desarrollo del automóvil.
¿No era tan bonito como imaginaba?
La competición siempre me ha gustado como una plataforma de desarrollo tecnológico, pero acabé preguntándome si estaba allí para que el piloto se lo pasara genial o si era el juego publicitario de las grandes marcas.
Y de Londres a Reus.
A los 30 años fundé una empresa para crear nuevas tecnologías de gran impacto medioambiental para el automóvil y aplicarlas en un vehículo que debía ser un referente tecnológico. En el 2003 fundé la empresa con tres compañeros con los que había trabajado en Londres: un portugués, un sudafricano y un catalán de madre británica.
Cinco años después, aquí está el Aspid.
Sí, y cuatro patentes tecnológicas muy importantes: un nuevo método de fabricación del chasis, un nuevo sistema de frenos y de suspensión y tecnología electrónica de última generación. El Aspid cumple todas las especificaciones de competición y ala vez puede circular por la calle; y con un tercio de las emisiones de los coches de su categoría.
¿Ahorró mucho para lanzarse a este proyecto?
Lo iniciamos con 25.000 euros. Las cuatro nóminas del año 2004 no sobrepasaron los 22.000 euros. Los seis primeros meses mi socio, Breno Oliveira, vivió en mi casa.
¿En algún momento el sueño se debilitó?
No, aunque hemos vivido momentos muy tensos, sobre todo de financiación; pero técnicamente ha ido todo como la seda. Nuestra posibilidad era una sola: creernos capaces y tener los suficientes conocimientos de cálculo para simular un coche; luego montarlo (en ese momento ya éramos diez ingenieros) y ponerlo en pista a ver si funcionaba. Hoy ya somos doce.
¿La gente que se ha ido apuntando estaba dispuesta a trabajar mucho por poco?
Los que han venido a IFR lo han hecho para cumplir su sueño personal. Todos hemos puesto nuestro sueño y lo hemos compartido, y eso es muy poderoso. Ha habido momentos durísimos, pero cuando haces algo que requiere mucho tesón y esfuerzo, te sientes bien.
¿Nadie se ha rajado por el camino?
Sí, pero principalmente por motivos personales, problemas con la familia. Entrábamos a trabajar a las nueve de la mañana y no había hora de salir. A menudo, a las dos de la madrugada todavía estábamos allí sin cenar, y si pasabas un domingo, siempre encontrabas a alguien trabajando.
¿Cinco años sin vacaciones?
Sí, pero teníamos tanta ilusión que cada día eran unas vacaciones: trabaja en lo que te gusta y nunca trabajarás.
Su mujer ¿qué opinaba?
Si Ana no hubiera estado tan ilusionada e implicada como yo, algo habría acabado mal; pero los grandes sueños, como la ilusión, son contagiosos.
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