La venta ambulante de comida se convirtió en muchos países del sureste asiático en la solución al desempleo que golpeó esta región a finales de los años 90. Con pequeños márgenes de ganancia, muchas horas de dedicación y condiciones de trabajo poco favorables, estos puestos callejeros llegan a garantizar la supervivencia de sus propietarios.
Según un estudio de la
Organización Internacional del Trabajo que data de 2007, el éxito de este modelo de subsistencia depende de la identificación de fuentes de abastecimiento de ingredientes cercanas, la ubicación del puesto, el lugar de residencia, el buen trato al cliente y la calidad de la comida.
Son también factores determinantes el apoyo familiar, el acceso a préstamos con bajos intereses y una red de apoyo social, así como el grado de acoso de la policía y de los especuladores, que parecen ser más importante en países vecinos, lo que afecta directamente la rentabilidad de la actividad.
La venta de comida ambulante cumple, según el estudio, una importante función social ya que el bajo coste no sólo beneficia a turistas y a habitantes con recursos, también ayuda a pobladores desfavorecidos. Pese a la ventaja que tienen estos negocios autónomos en Tailandia, si se compara con países como Camboya, Mongolia, Malasia y Filipinas, muchos estiman que aún se pueden hacer grandes esfuerzos cambiando la percepción del gobierno local.
En efecto, en vez de ser vistos como caóticos y antiestéticos, se podrían aprovechar como capital cultural y gastronómico adecuando espacios para que la venta sea segura e higiénica. En la India ya fueron tomadas medidas en este sentido, ya que también en la actividad ambulante se puede ver una fuente de iniciativa empresarial beneficiosa para la economía de cualquier país, más aún cuando su industria turística está en plena consolidación.
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