INFORMACIÓN - domingo 16/09/07

Opinión: Juan R. Gil (Director Diario Información).

El estado del malestar.

Se lo hemos venido contando. En el último ejercicio se edificaron más de 120.000 viviendas y se vendieron sólo la mitad. Trescientas inmobiliarias han cerrado ya sus puertas, invirtiendo la tendencia que en los últimos tiempos había llegado al paroxismo de que las empresas relacionadas con esa actividad crecían al ritmo de unas 1.500 al año, mientras que las vinculadas a la investigación y el desarrollo lo hacían a razón de tres por anualidad. El paro en la construcción - INFORMACION abría a cinco columnas su portada esta semana con ese titular - se sitúa ya en los niveles de la década de los noventa, de infausto recuerdo. Pero hay más: la CAM y Bancaja, las dos entidades de referencia para tomar el pulso a nuestro territorio, han pasado un mal verano; no sólo está creciendo la morosidad de los particulares en porcentajes que en junio ni siquiera eran predecibles, es que se está disparando la morosidad de las empresas en proporciones igualmente insospechadas hace sólo un trimestre.

La construcción es el mayor y más potente motor de la economía: tiene una formidable capacidad no sólo para generar empleo directo e indirecto, sino para arrastrar tras su estela todo tipo de industrias, ampliando de esa manera los horizontes de riqueza. Pero lo que crece de forma desmesurada e incontrolada suele mutar en cáncer. Y ese potente motor que decíamos da inequívocos signos a día de hoy de haber gripado. De los tiempos en que una urbanización se vendía entera antes siquiera de poner el cartel que anunciaba su construcción, hemos pasado a que haya edificios completos, en las mejores zonas de Alicante, acabados desde hace meses y que permanecen en oferta y promoción. Han llegado las rebajas, pero ni con ellas se alegra el mercado. Tiene razón el presidente de los promotores, Francisco Murcia Puchades , cuando en la entrevista que publicó este periódico el pasado domingo decía que el que no sepa vender en tiempos de crisis que se dedique a otra cosa. Tiene razón desde su posición de empresario inmobiliario de-los-de-toda-la-vida, que ahora verá, como seguramente ya habrá visto otras veces, cómo el sistema se depura y quedan fuera de él tantos «outsiders» como habían ido surgiendo por generación espontánea. Pero el problema es qué hacemos con todos los trabajadores que van a caer o a perder nivel de vida, capacidad adquisitiva, expectativas, en este proceso. Qué hacemos, en fin, con nuestra economía: ésa es la cuestión.

Me reconozco pesimista. Creo que, igual que reuníamos todas las condiciones (desgraciadamente) para que el «boom» inmobiliario fuera aquí un auténtico «big bang», ahora tenemos todas las cartas para que el crujido nos deslome. Nos hemos especializado tanto y de tan estúpida manera en el monocultivo del ladrillo y sus sucedáneos, hemos pasado tanto de mantener, mejorar y diversificar nuestra industria, que ahora corremos el riesgo cierto de quedarnos, nunca mejor dicho, colgados de la brocha. Nuestra producción tradicional, o feneció, o está demasiado debilitada para suponer alternativa. El calzado, por ejemplo, parece haber empezado a encontrar un camino por el que salir de la agonía, pero nunca volverá a tener, en términos de empleo y balanza comercial, la potencia que tuvo.

¿Y el turismo Las perspectivas tampoco son para tirar cohetes. Tenemos un clima excepcional, pero eso ya era así hace miles de años, por lo que no es mérito nuestro; nuestro mérito sería poner todo lo necesario para sacarle el máximo rendimiento a esas condiciones que la naturaleza nos regaló. Y hace tiempo que no lo hacemos, olvidando que también hay otros que tienen un clima excepcional y que, además, sí llevan tiempo poniéndose las pilas. Ciudades como Benidorm o Alicante pueden servir de ejemplo de lo que digo. Benidorm renovó su planta hotelera y es difícil encontrar una relación calidad/precio tan competitiva como la suya. Pero en su día, Benidorm no sólo fue sol y playa; también fue capital del ocio. Y ese tren lo ha perdido. Ahora hay buenos hoteles y magníficas arenas, ¿pero qué más Ni discotecas que llamen la atención quedan.

¿Terra Mítica Terra Mítica no trae clientes a Benidorm: se los roba. Y no es culpa de los gestores del parque. Es culpa de todos: de la Generalitat, por lo mal que lo hizo, y de quienes le bailaron el agua a Zaplana y sus mariachis en lugar de plantarse.

¿Y Alicante Alicante ha crecido en muy pocos años en hoteles, pero sobre todo en la categoría de éstos. Y no me refiero a una simple cuestión de estrellas, sino de empaque. Los clásicos (Melía, Sidi...), de ubicación privilegiada, se han remozado y han ampliado atractivo. Pero junto a ellos han ido naciendo otros: el SPA Porta Maris, con unas suites excepcionales; el Hesperia, imprescindible para una de las pocas capitales que tiene un campo de golf dentro de la ciudad; el Abba, un hotel urbano y de negocios cuya reinauguración ha dejado unas instalaciones y servicios sobresalientes dentro de su segmento, o el Amérigo, un establecimiento que por sí mismo da categoría al lugar donde se emplaza, por citar sólo los que están más a la vista. Todos ellos, tradicionales y nuevos, configuran una oferta de una riqueza y variedad imposible de imaginar una década atrás. Y, sin embargo, la ciudad, en este caso su ayuntamiento, no ha sabido acompañar a la iniciativa privada; al contrario, es un lastre. Los hoteles pueden ser muy buenos y sus directores dejarse la piel y la imaginación gestionándolos, pero si el entorno es sucio, descuidado, inseguro y sin atractivos, la clientela acaba desertando. Si estaremos desnortados que los mismos que quieren convertir Alicante en base de cruceros se empeñan en llenar el puerto de plantas de cemento, carbón y combustible.

Las cosas están así. Y lo preocupante es este «laissez faire laissez passer» propio de nuestra sociedad, de nuestros representantes empresariales y de nuestros políticos. Este periódico ha defendido antes, con más fuerza y con mayor coherencia que muchos la necesidad del agua, de los trasvases, de un plan hidrológico lo hiciera el PSOE o lo pariera el PP. Pero ese no puede ser el discurso monotemático de patronal y gobiernos. No sólo empacha: esteriliza. Hay muchas más cosas de las que hablar y empieza a ser hora de que lo hagamos.

Urge que la patronal y la Cámara dejen de mirarse el ombligo propio y la espalda del otro y formen, para los asuntos importantes más allá del agua, un frente común que no se limite a reivindicar, sino que también sirva para impulsar y proponer. Es preciso que el Gobierno central se entere de que esta provincia, la que más barracones tiene de España, la de peor Sanidad, la que porcentualmente recibe más inmigrantes, la más experta en sumergir su economía y la que tiene las pensiones más bajas; esta provincia donde últimamente los usureros, literalmente, han empezado a ocupar el hueco que van dejando libre los especuladores; esta provincia, digo, si entra en crisis puede convertirse socialmente en una bomba de relojería. Y es imprescindible, claro, que el señor Camps , ése al que le corresponde la responsabilidad de los barracones o la mala atención sanitaria antes citadas, se deje de bromas después de cinco años y dos elecciones y se ponga a trabajar. Porque matar zaplanistas, navegar con el Príncipe , hacerse fotos con Alonso y comer todas las semanas con Valcárcel puede ser divertido, pero no es un programa de gobierno.

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