Hacia 1800, existían ya en europa verdaderos viajeros que recorrían el mundo en busca de nuevas experiencias, a través del contacto con nuevos pueblos y culturas.

Siempre hemos creído que estas personas, cultas, inteligentes y adineradas, conformaban la élite del concepto "viajero" del que tanto se ha hablado durante nuestro aprendizaje como profesionales del Turismo.

Evitamos en todo momento utilizar el término "turista", pues lo asociamos al modelo más consumista, fordista y masificado de la experiencia turística.

Si algo hemos reprochado siempre a este turista, es su manera de concebir el mundo, su manera de creer que lo que ve, toca (siempre la manita perdida por encima de alguna estátua, cuadro, fresco, o ruina), huele, come y escucha es lo auténtico, lo genuino.

Y como buen explorador, deja en el destino la huella de su paso. Es como la famosa frase de "I was here": firmas por todas partes.

Pero, un dia, casualidades de la vida, descubrí que no son los turistas del turismo fordista los que tenian la necesidad de realizar su impronta sobre el patrimonio.

Aquellos exploradores del XIX ya utilizaban los cuchillos o cualquier instrumento punzante sobre el patrimonio.

Me pregunto si será parte de la naturaleza humana "dejar huella" allá donde va.

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