Creo que en este articulo es un buen resumen de lo que nos espera los próximos años...
¿ porque correr si el mundo no va a ninguna parte?
Espero saqueis vuestras propias conclusiones.
Que aproveche ¡¡
EL PERIODICO DE CATALUÑA 19/3/2008 Edición Impresa
En la isla culinaria del doctor Moreau
LAS APORTACIONES DE UN SALÓN EMBLEMÁTICO
JOSEP MARIA FONALLERAS *
Ilustracion : Miguel Zueras
Para el profano, Alimentaria es un mundo sorprendente, con tantos hallazgos como inventos innecesarios MIQUEL ZUERAS MIQUEL ZUERAS La primera constatación después de Alimentaria-2008 es, como mínimo, curiosa. Mientras el salón crece y crece y se acerca al top mundial de los salones de alimentación, la industria que lo alimenta se dedica en masa a lo mínimo. Siempre quedará el estand de los jamones ibéricos, una especie de remanso de paz y de seguridad culinaria ante tanta novedad, es cierto, pero también lo es que todo evoluciona con tendencia al minimalismo. Incluso los jamones, como esos que son pequeñitos (casi individuales), con forma de jamón, pero de pitimi- ní. Parece ser que la industria se ha dado cuenta de que hay por ahí mucho single y mucha familia desestructurada y ya no se lleva lo de ir al mercado cada día para comprar lo fresco, sino que conviene tener un congelador en condiciones, casi industrial, con porciones minúsculas que satisfagan las minúsculas necesidades de quien vive solo y no está para meterse en la cocina y cocinar y ensuciar y esperar y limpiar. HAY UNOS cuantos datos que me parecen muy interesantes. Por ejemplo, la previsión de los expertos en cuanto a los días que los españoles van a dedicar a la compra en el año 2012. Si ahora estamos en 82, parece ser que pasaremos a 76. Primera reflexión: ¿y cómo demonios lo saben? Segunda: si la tendencia es esta y si el volumen de la compra se mantiene igual (o si crece), la conclusión es que cada vez que vayamos a comprar compraremos más productos, con lo que, por definición, deberán ser más duraderos y menos frescos. Otros detalles. Hace un año, aproximadamente, unos amigos mexicanos me pusieron sobre aviso de lo que ellos llamaban "la desaparición de las tortillas". Los gringos habían descubierto que los coches también podían funcionar con cereales (más o menos, ustedes ya me entienden) y resulta que los cereales subieron exageradamente de precio, con lo cual muchos mexicanos tuvieron que renunciar a sus tortillas de maíz (o pagarlas como petróleo): la esencia misma de lo mexicano, sus tacos, sus quesadillas, el cordón umbilical que les unía a sus ancestros aztecas, se iba al garete. Luego vinieron los huevos y la leche y todo lo demás, y ahora se anuncia que la carne también subirá porque es la carne que proviene de las reses que en su día comieron los cereales que quisieron parecerse a un combustible. Parece un cuento infantil, pero no lo es. Les juro que he intentado comprender el porqué de esta escalada y no lo he conseguido. Me cuentan que parte de la culpa es también de los chinos, que empiezan a beber leche y a tomarse cereales y que, encima, han descubierto el pan. Quizá. Es un conjunto de circunstancias que alguien sabrá cómo empezaron, pero que nos instalan en un universo de crisis. Ante la crisis, sofisticación. No me malinterpreten, pero se trata de una constante histórica. Mientras el mundo se derrumba a nuestro alrededor, nos dedicamos a tocar la lira y freír hamburguesas de atún para que los niños sepan el sabor aproximado del pescado, y a darles batido de chocolate con tila para que no se nos exciten demasiado. Quizá exagero. Para uno que no se dedique al negocio, entrar en Alimentaria produce una sensación similar al que tuvo el visitante de la isla del doctor Moreau. ¿Se acuerdan? Es aquella novela de H. G. Wells en la que un científico investiga sobre lo esencial y le acaban naciendo monstruos impensables. En Alimentaria es tal la cantidad de novedades que a veces piensas que hay por ahí un doctor Moreau dedicado en cuerpo y alma a probar combinaciones que no siempre funcionan, o que no eran necesarias. Por ejemplo, la pizza cónica, anunciada como la pizza que puedes comer sin ensuciarte, ¿como un helado? O esa especie de queso fundido que se comercializa en envases similares a los del ketchup. O el queso congelado en monodosis. O el llamado butimón, un salmón con aires de butifarra. ¡En Cornellà de Terri, tierra de ajos, ya hace años que inventaron el butifall, una butifarra con aromas de ajo! La probé una vez y les confieso que no he tenido la tentación de volverlo a intentar. Y más cosas, como los kits que se venden para hacer tortilla de patatas. Todo a punto: solo falta batir un par o tres de huevos y listo. O como unos chicles que colaboran en el proceso de bronceado. Te los tomas, los masticas, te pones al sol, y acabas más moreno de lo que estarías sin habértelos tomado. ¡Dios mío! TAMBIÉN ES cierto que Alimentaria tiene sus joyas. El doctor Moreau a veces da con una fórmula magistral, como el congelado de mil hojas de confit de foie de pato con manzanas y peras caramelizadas. Es un invento de Mas Parés y ha ganado el premio Innoval. O como esa cerveza creada por Centelles y Seijas, los sumilleres de El Bulli, en combinación con los de Damm, una cerveza (Inedit) que aterriza en la carta de vinos dispuesta a dar la guerra de la levadura sofisticada. Yo me quedo, sin embargo, con una metáfora espléndida de lo que hoy en día entendemos por cocinar. Hay dos tipos de patatas chips que se convierten en crujientes y apetitosas después de pasar un rato en el microondas. Las primeras tardan un minuto y medio. Las segundas, siete. Una eternidad. ¡¿Siete minutos para lo que la competencia consigue en uno y medio?! Demasiado tiempo. Deprisa, deprisa, vamos muy deprisa. ¿Dónde está la calma de antaño?
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