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Hace poco escribí una entrada sobre el empleado tóxico en la que señalaba una clasificación tomada de Expansión & Empleo. La clasificación dividía los tipos de empleados tóxicos en: el provocador de conflictos, el que se escaquea y holgazanea, el incompetente, el que roba y miente, el que pierde el tiempo de forma intencionada, el que complica la vida al jefe conscientemente y el arrogante.
Tras revisarla de nuevo creo que es oportuno hacer alguna matización. La revista Expansión & Empleo enfoca su artículo desde el punto de vista del directivo y de los inconvenientes que para él crea el empleado tóxico. Sin embargo creo que es más interesante un enfoque más global.
Para mí uno de los elementos fundamentales del empleado tóxico es la voluntariedad. Un empleado tóxico lo es porque quiere serlo. En este sentido debería caer de la clasificación el incompetente, y esto es muy importante sobre todo a efectos de responsabilidad.
La existencia del empleado tóxico, como ya dije en el otro artículo, afecta a toda la organización alterando las relaciones y la estructura organizacional. Sin lugar a dudas la principal responsabilidad de estos hechos es del empleado tóxico, que voluntariamente ejecuta acciones que sabe perjudiciales para la empresa, sin embargo es necesario señalar la responsabilidad in vigilando que tiene la dirección de la empresa.
Bien porque no existían los elementos necesarios para detectar en los procesos de selección, cuando los hay, al potencial empleado tóxico, o bien porque la gestión interna de los clientes internos ha sido tan deficiente que ha permitido la derivación de un empleado a empleado tóxico, en cualquiera de estos casos, digo, la dirección tiene la responsabilidad de una mala gestión de los RRHH. Vuelvo a decir que admitiendo que la principal responsabilidad es del propio trabajador.
En estos casos es fundamental atajar el problema de raíz incluyendo el despido si es necesario, sobre todo por el peligro que ya mencionamos en el otro artículo de que se convirtiera en empleado terrorista, y posteriormente analizar en qué hemos fallado para que se nos "colara" un empleado tóxico, creando o modificando los filtros de selección para que no vuelva a pasar.
En el caso de los incompetentes la cosa cambia sensiblemente. El incompetente no hace las cosas mal porque quiera hacerlo, lo hace porque no sabe hacerlo bien, dicho de forma simple. El efecto puede ser el mismo pero el origen, y por tanto su tratamiento, ha de ser distinto.
En este caso la parte de responsabilidad de la dirección crece, ya que ha habido un problema de ubicación del trabajador. En este caso el programa de selección ha asignado a un trabajador un puesto de trabajo para el que no estaba preparado.
La solución ha de ser distinta, ya que en este caso el trabajador puede ser válido para otro puesto de trabajo, ya que es posible que su actitud sea positiva al compromiso con la empresa (habría que estudiar cada caso en concreto). En todo caso el despido no es la primera opción.
Luego, como en el caso anterior, se ha de revisar el proceso de selección para evitar nuevos casos como el ocurrido.
En definitiva, se trata de dos casos distintos que pueden producir el mismo efecto. La gestión diferenciada de ambos tipos de conflicto mandará también un mensaje al resto de los trabajadores sobre la filosofía de la empresa y la importancia que da al cliente interno.

Por cierto, Rafael Martínez está confeccionando una interesante clasificación de los distintos tipos de empleados que podemos encontrar en un hotel. Muy recomendable

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